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RELATOS DE AMOR IV
LAS ALAS DEL AMOR
Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta
la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo,
el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del
cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
-Nos amamos-empezó el joven.
-Y nos vamos a casar-dijo ella.
-Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
-Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
-Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
-Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú en
la muerte.
-Por favor-repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan
anhelantes esperando su palabra.
-Hay algo…-dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé…es una tarea
muy difícil y sacrificada.
-No importa-dijeron los dos.
-Lo que sea-ratificó Toro Bravo.
-Bien-dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea?
Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar
el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí
con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió. En silencio.
-Y tú Toro Bravo-siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y
cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas las águilas y
solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante
mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta…Salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a
cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…
El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con
sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes
lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran
verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda, lo mejor de su estirpe.
-¿Volaban alto?-Preguntó el brujo.
-Sí, sin dudas. Como lo pediste… ¿Y ahora?-preguntó el joven-¿los mataremos y
beberemos el honor de su sangre?
-No-dijo el viejo.
-Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne-propuso la joven.
-No-repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí
por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y
que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron
revolcarse en el piso. Unos minutos después irritadas por la incapacidad, las
aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
-Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila
y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo
vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a
lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen
juntos pero jamás atados.
Jorge Bucay
SAN VALENTIN
SAN VALENTIN
La historia del día
de San Valentín comienza en el siglo tercero con un tirano emperador romano y
un humilde mártir cristiano. El emperador era Claudio II. El cristiano era
Valentino. Claudio II fue quien decidió prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes .Valentino celebraba en secreto matrimonios para jóvenes enamorados (de ahí se ha popularizado que San Valentín sea el patrón de los enamorados).
Claudio había ordenado a todos los
cristianos adorar a doce dioses, y había declarado que asociarse con cristianos
era un crimen castigado con la pena de muerte. Valentino se había dedicado a
los ideales de Cristo y ni siquiera las amenazas de muerte le detenían de
practicar sus creencias. Valentino fue arrestado y enviado a prisión. Durante
las últimas semanas de su vida, algo impresionante sucedió. El carcelero,
habiendo visto que Valentino era un hombre de letras, pidió permiso para traer
a su hija, Julia, a recibir lecciones de Valentino. Julia, quien había sido
ciega desde su nacimiento, era una joven preciosa y de mente ágil. Valentino le
leyó cuentos de la historia romana, le enseñó aritmética y le habló de Dios.
Ella vio el mundo a través de los ojos de Valentino, confió en su sabiduría y
encontró apoyo en su tranquila fortaleza.
"¿Valentino, es verdad que Dios escucha nuestras oraciones?" Julia le
preguntó un día. "Si, mi niña. El escucha todas y cada una de nuestra
oraciones," le respondió Valentino. "¿Sabes lo que le pido a Dios
cada noche y cada mañana? Yo rezo porque pueda ver. ¡Tengo grandes deseos de
ver todo lo que me has contado!" Valentino le contestó, "Dios siempre
hace lo mejor para nosotros, si creemos en El." "Oh, Valentino, yo sí
creo en Dios", dijo Julia con mucha intensidad. "Yo creo." Ella
se arrodilló y apretó la mano de Valentino. Se sentaron juntos, cada uno en
oración. De pronto, una luz brillante iluminó la celda de la prisión. Radiante,
Julia exclamó, "¡Valentino, puedo ver, puedo ver!" "¡Gloria a
Dios!" exclamó Valentino.
En la víspera de su muerte, Valentino le escribió una última carta a Julia
pidiéndole que se mantuviera cerca de Dios y la firmó "De Tu
Valentino".
Valentino fue ejecutado el día siguiente, el 14 de febrero del
año 270, cerca de una puerta que más tarde fuera nombrada Puerta de Valentino
para honrar su memoria. Fue enterrado en la que es hoy la Iglesia de Práxedes
en Roma.
Cuenta la leyenda que Julia plantó un Almendro de flores rosadas junto
a su tumba.
Hoy, el árbol de almendras es un símbolo
de amor y amistad duraderos.
En cada 14 de febrero, el día de San
Valentín, mensajes de afecto, amor y devoción son intercambiados alrededor del
mundo.
RELATOS DE AMOR III
LA PRINCESA Y EL PLEBEYO
Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte.
Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes
para ofrecer sus maravillosos regalos:
Joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios
para conquistar a tan especial criatura.
Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo,
que no tenía más riquezas que amor y perseverancia.
Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
"Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un
hombre pobre y no tengo tesoros para darte,
te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor...
Estaré cien días sentado bajo tu ventana,
sin más alimentos que la lluvia
y sin más ropas que las que llevo puestas...
esa es mi dote..."
La princesa, conmovida por semejante gesto de amor,
decidió aceptar.
"Tendrás tu oportunidad:
Si pasas la prueba, me desposarás".
Así pasaron las horas y los días.
El pretendiente estuvo sentado,
soportando los vientos, la nieve y las noches heladas.
Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el
valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento.
De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la
esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa,
aprobaba la faena.
Todo iba a las mil maravillas.
Incluso algunos optimistas habían comenzado a
planear los festejos.
Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de
la zona habían salido a animar al próximo monarca.
Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto,
cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo,
ante la mirada atónita de los asistentes
y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó
y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un
solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le
preguntó a quemarropa:
"¿Qué fue lo te que ocurrió?...Estabas a un paso de
lograr la meta... ¿Por qué perdiste esa oportunidad?...
¿Por qué te retiraste?..."
Con profunda consternación y algunas lágrimas mal
disimuladas, contestó en voz baja:
"No me ahorró ni un día de sufrimiento...Ni
siquiera una hora...
no merercía amor...
JORGE BUCAY
RELATO DE AMOR II
HACER EL AMOR
Ella y yo hacíamos el amor
diariamente.
En otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor
invariablemente...
Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente...
Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente...
Hacíamos el amor compulsivamente.
Lo hacíamos deliberadamente.
Lo hacíamos espontáneamente.
Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por
teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso,
como primera medida y como último recurso.
Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: y a eso le llamábamos hacer el
amor científicamente.
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí, es decir, recíprocamente.
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo con el miembro
convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor
lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a
poder y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir y no sentía, o bien
estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el
orgasmo.
Decíamos entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.
O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo
de Wisconsin que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y
yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos con sus
sillas vienesas y sus macetas de rosas esperando la eclosión de las cuatro de
la tarde...
así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos
tras viejos recuerdos.
Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a
natura.
O de noche con la luz encendida, o de día con los ojos cerrados.
O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia.
O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimiento y sin sentido.
Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida y de que un día nos
olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos hacíamos el amor ilimitadamente,
magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente,
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras hacíamos el amor sintomáticamente.
Hacíamos el amor físicamente, de pie y cantando, de rodillas y rezando,
acostados y soñando.
Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así y ella también
hacíamos el amor voluntariamente...
Jorge Bucay, libro
"El camino del encuentro"
RELATOS DE AMOR
SOBRE LA PAREJA
Nacisteis juntos, y juntos
habréis de estar para siempre.
Juntos os encontrareis
cuando las alas blancas de la muerte hagan huir vuestros días.
Ay! juntos también estaréis
hasta en el recuerdo silencioso de Dios.
Pero dejad que haya
espacios en esa unión vuestra.
Y dejad que los vientos de
los cielos dancen entre vosotros.
Amaos el uno al otro, pero
no hagáis que el amor sea una ligadura:
Dejad más bien que sea cual
un mar que se mueve entre las orillas de vuestras almas.
Llenaos mutuamente la copa,
pero no bebáis solamente de una.
Compartid vuestros panes,
pero sin comer de la misma rebanada.
Cantad y bailad juntos y
estad alegres, pero dejad que cada uno se sienta aparte, así como
las cuerdas de un laúd se hallan separadas aunque vibren con la misma música.
Entregaos el corazón, pero
sin que por ellos dejéis de vigilarlo pues sólo la mano de la Vida puede
contener vuestros corazones.
Y estad unidos, aunque no
demasiado juntos:
Porque las columnas del
templo se halla separadas y el roble y el ciprés no crecen uno bajo la sombra
del otro.
de Kahlil Gibran,de su libro"El profeta"
RELATO DE AMOR
RELATO DE AMOR
Se
trata de dos hermosos jóvenes que se pusieron de novios cuando ella tenía trece
y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado al lado de una
montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había aprendido a ser
leñador desde la infancia. Ella
era rubia, de pelo muy largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los
ojos celestes, hermosos y maravillosos.
La historia cuenta que habían noviado con la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para ayudar a que ambos se casaran.
Les regalaron una cabaña, con una parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación.
Y vivieron allí durante todos los días de un invierno, un verano, una primavera y un otoño, disfrutando mucho de estar juntos. Cuando el día del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo para demostrarle a él su profundo amor. Pensó hacerle un regalo que significara esto. Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un pulóver tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido pulóveres en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo...
Decidió bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar por las calles. Sin embargo, por mucho que caminara no encontraba nada que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que, semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras pensando que se acercaba la fecha del aniversario.
Al pasar por una joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir. Desde chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda, se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche.
Ella pensó: "Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel reloj." Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no podía esperar tanto.
Salió del pueblo un poco triste, pensando qué hacer para conseguir el dinero necesario para esto. Entonces pensó en trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que, al pasar por la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: "Se compra pelo natural". Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.
El dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No dudó. Le dijo a la peluquera:
- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?
- Seguro - fue la respuesta.
- Entonces en tres días estaré aquí.
Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa.No dijo nada.
El día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo.
Se hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando llegó a su casa, cocinó y esperó que se hiciera la tarde, momento en que él solía regresar.
A diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba, esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después para explicárselo.
Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él había comprado... vendiendo el reloj de oro del abuelo.
Si
ustedes creen que el amor es sacrificio, por favor, no se olviden de esta
historia. El amor no está en nosotros para sacrificarse por el otro, sino para
disfrutar de su existencia.
Jorge Bucay, de su libro "De la autoestima al egoísmo"





